"El amor sabe reconocer los logros de un hijo o una hija y le felicita por ellos, porque el niño necesita contínuamente del estímulo, del aliento y de la motivación para seguir adelante (...).
El amor requiere atención y tiempo para escuchar y ayudar al niño a resolver sus problemas y dificultades, que por nimios o insignificantes que nos parezcan a nosotros, para él son el centro de su vida.
El amor busca la verdad y la autenticidad y, sobre todo, el respeto, y por ello, sus respuestas son siempre sinceras. Por consiguiente, detesta la mentira y bajo ningún pretexto espera de un hijo que mienta ante otros para hacer quedar bien a sus padres.
El amor no tiene inconveniente en reconocer sus errores y admitir sus equivocaciones, de la misma forma que sabe señalar, con tacto y en su debido momento, las ajenas, sin humillar jamás.
El amor es sereno y reflexiona a la hora de tomar decisiones o de establecer compromisos, pero no vacila a la hora de cumplirlos.
El amor no es colérico ni se deja llevar por la ira, no comete injusticias ni actúa sin pensar. El amor es calmado y tolerante, y sabe medir las consecuencias.
El amor es comprensivo porque reconoce las necesidades y los intereses del niño, y por eso llega armado de paciencia, calma, dulzura y amabilidad.
El amor se toma las cosas con calma y siempre piensa dos veces antes de hablar o de actuar porque sabe que hay algunas cosas que son irrevocables: la bofetada cuando se nos ha ido la mano, la palabra una vez dicha, la ocasión después de ida y el tiempo que se ha escatimado.
El amor sabe que la educación no se limita a transmitir conocimientos, sinó que también debería inculcar valores. El amor respeta las diferencias de criterio, pero busca un consenso alrededor del respeto, el diálogo, la paz, la justicia y la solidaridad (...)
El amor no espera recompensas, no busca gratificaciones ni agradecimientos, no regatea esfuerzos y no escatima tiempo. El amor no espera rentabilidad inmediata, pero se sabe a sí mismo como la mejor inversión de futuro (...)
El amor no es jactancioso ni tirano, el amor no es dictador ni colérico, el amor pacta y escucha. El amor tampoco sobreprotege, no ignora ni asfixia la personalidad del niño. El amor no impone, guía. No exige, orienta. No somete, educa.
El amor es flexible, entusiasta y confiado. No intenta disciplina mediante el miedo, la culpa y el castigo, sino mediante el cariño, la persuasión y el aliento. El amor convence, no fuerza. Emociona y no altera. Jamás insulta ni hiere.
El amor canaliza sugerencias e iniciativas, pero no tolera caprichos ni tonterías, ni mucho menos se las permite a sí mismo (...)
El amor ve al hijo como un regalo, nunca como una carga, ni mucho menos como a un súbdito, y no espera del hijo que cumpla el sueño que el padre no pudo realizar (...)
Y por último, lo más importante: el amor a un hijo no exige amor a cambio, sólo trata de ganarlo"
Extraído del libro "El club de las malas madres", de Lucía Etxebarría y Goyo Bustos (MR Ediciones), uno de mis regalos de Sant Jordi. Me lo he leído del tirón. Es un libro excelente sobre la educación (maternidad, escuela, sociedad, "ingredientes" para educar, televisión, abusos sexuales). Hay mucha gente a la que no le gusta Lucía Etxebarría por su feminismo y por no tener pelos en la lengua. Incluso a esas personas les recomiendo este libro. Goyo Bustos es profesor y escribe gran parte del libro, con interesantes conclusiones después de años de experiencia educando niños y observando las conductas de los padres y la interacción con sus hijos.